Hay travesías que empiezan mucho antes de poner un pie en el muelle, y la que lleva hasta Ons es una de ellas. Quienes buscan un barco a Isla de Ons descubren pronto que no se trata solo de comprar un billete y sentarse a esperar que el paisaje cambie: hay puertos de salida concretos, trámites que no se pueden saltar y una serie de pequeñas decisiones que marcan la diferencia entre un día perfecto y uno recordado por las peores razones. Los embarcaderos habituales se concentran en Bueu, Portonovo, Sanxenxo y, en menor medida, en otros puntos de la ría de Pontevedra, cada uno con sus propios horarios y su propia forma de organizar el flujo de visitantes. Elegir el puerto no es solo cuestión de cercanía al lugar donde uno se aloja; también influye la hora de salida que mejor encaje con el plan de la jornada y la posibilidad de aparcar sin tener que dejar el coche a varios kilómetros de distancia.
La autorización de la Xunta de Galicia no es un trámite decorativo. Desde que el archipiélago forma parte del Parque Nacional das Illas Atlánticas, el acceso está regulado para proteger un ecosistema que no soportaría una afluencia masiva sin control. El código QR o el permiso correspondiente se solicita con antelación a través de la plataforma oficial, y sin él el barco simplemente no te deja subir. Hay quien llega al muelle convencido de que “ya se arreglará” y descubre que no hay excepciones, ni siquiera para quienes vienen de muy lejos. La gracia del asunto es que el sistema, una vez comprendido, funciona con bastante fluidez: se elige fecha, se reserva plaza y se recibe el justificante que hay que mostrar tanto en tierra como a bordo. Hacerlo con varios días de margen evita disgustos y permite concentrarse en lo realmente importante, que es disfrutar de la travesía.
Evitar los mareos a bordo es casi una ciencia menor que cada viajero acaba perfeccionando a su manera. El Atlántico en esta zona puede mostrarse placentero o un poco juguetón según el viento y el estado de la marea. Quienes saben que tienen el estómago sensible suelen elegir asientos en el centro de la embarcación, donde el movimiento se nota menos, mirar hacia el horizonte en lugar de hacia las olas cercanas y evitar desayunos demasiado copiosos o, peor aún, en ayunas completas. Algunos afirman que un caramelo de jengibre o un parche detrás de la oreja hacen milagros; otros confían en la brisa en la cara y en una conversación animada que distraiga al cerebro de las señales contradictorias que envía el oído interno. Lo cierto es que la mayoría de las travesías son cortas y el malestar, cuando aparece, suele desaparecer en cuanto se pisa tierra firme y se empieza a caminar.
La belleza paisajística del trayecto merece que uno levante la vista del teléfono. Al alejarse de la costa se van perfilando los contornos de la isla, primero como una masa verde oscura y después con detalles de acantilados, playas escondidas y esa línea de espuma que marca el encuentro entre el océano y la tierra. En días claros la visibilidad permite adivinar otros puntos del parque nacional y sentir que se está entrando en un territorio distinto, alejado del ruido de motores y de las prisas continentales. Los pájaros marinos acompañan a veces al barco durante un tramo, y no es raro ver algún delfín si la suerte y la época del año acompañan. Esa sensación de transición, de dejar atrás un mundo y entrar en otro, es precisamente lo que muchos buscan cuando eligen Ons frente a destinos más masificados.
El humor surge cuando se observa la variedad de equipaje que sube a bordo. Hay quien lleva una mochila mínima y calzado para caminar, y hay quien parece preparado para una expedición de varios días, con neveras portátiles, sombrillas y utensilios que uno no sabe muy bien dónde va a desplegar en una isla sin coches ni grandes infraestructuras. La gracia está en que ambos perfiles suelen acabar disfrutando por igual, porque la isla tiene esa capacidad de adaptar el día al ritmo de cada visitante. Unos se quedan en las playas de arena fina, otros se internan por los senderos que cruzan el interior y otros simplemente se sientan a mirar el horizonte con la sensación de que el tiempo se ha ralentizado.
La travesía de regreso suele tener un carácter distinto. El sol ya no está en el mismo punto, la luz cae de otra manera sobre el agua y el cansancio agradable de haber caminado o nadado se nota en las piernas. Es el momento en que muchos revisan las fotos y descubren que han capturado no solo paisajes, sino también esa sensación de desconexión que se buscaba. El barco se convierte entonces en un espacio de silencio compartido, apenas interrumpido por alguna conversación baja o por el sonido del motor. Quienes han tramitado la autorización con tiempo, han elegido bien el puerto y han cuidado el estómago durante la ida suelen vivir el regreso como el cierre perfecto de una jornada que empezó con una cierta expectación y termina con la certeza de haber estado en un lugar que merece la pena proteger.
La navegación hacia Ons no es solo un medio de transporte; es la primera parte de la experiencia. Cada decisión previa —el puerto, el permiso, la forma de afrontar el movimiento del barco— influye en cómo se vive el resto del día. Y cuando todo encaja, la llegada a la isla se siente como el momento en que el ruido queda definitivamente atrás y la naturaleza toma el control del relato.